Se posee por medio del ejercicio y del conocimiento de las
personas, por la oración, el estudio y la experiencia propia.
B. El discernimiento infuso.
Éste es un don de Dios. Un carisma dado para ayudar a los
demás. Hay sacerdotes, religiosos o seglares que, sin una gran formación
teológica o espiritual, tienen sin embargo una gran capacidad de discernimiento
y consejo. San José de Cupertino, San Juan María Vianney (mejor conocido como
el santo Cura de Ars), Santa Teresa de Jesús, por mencionar algunos, son
ejemplos de esta capacidad infusa.
La capacidad para discernir los espíritus es una gracia del Espíritu
Santo, unida al don de consejo y de entendimiento.
Razón
del discernimiento espiritual.
a) La
primera razón es el mismo ser humano Nadie nace acabado y todos necesitan
hacerse, y, por lo tanto, deberán dirigir todo el potencial vital hacia una
meta concreta diciendo muchos síes y muchos noes. El discernimiento deberá
estar siempre presente.
b) La razón está en el mismo ser cristiano Nada
más tener delante al cristiano en su ser total, salta a la vista que el discernimiento
es del todo necesario. Contemplamos al cristiano desde una doble perspectiva:
En primer lugar, en su existencia concreta, Todos sabemos que lo radical del
cristiano es ser en Cristo, con todo lo que le Supone de relación con la
Trinidad, con el hombre y con el mundo. Pero este ser en Cristo debe realizarse
en un contexto socio-histórico concreto y en un sujeto concreto. No se tiene la
identidad cristiana completa si no es en una persona concreta y en un momento
concreto.
Vemos,
además, al cristiano en su crecimiento. Debemos situar al cristiano en un
proceso de gran riqueza y abierto a la vida cristiana en plenitud. La respuesta
que se da en cada momento nunca es definitiva. Este proceso integral del
cristiano es impensable sin la praxis del discernimiento.
c) La
razón está en la presencia del Espíritu. Esta presencia del Espíritu es la
que nos plantea el discernimiento espiritual. Le prestamos atención.
Contamos con que la presencia del Espíritu es
activa y operante sobre toda la creación; donde está el Espíritu hay vida. Así
nos lo presenta la Escritura: «Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo
del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser
viviente» (Gén 2,7); «Envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la
tierra» (Sal 104,30); «Infundiré mi Espíritu y viviréis» (Ez 37,14). Y, a su
vez, si falta el Espíritu, falta la vida.
Sabemos
que la vida cristiana es en el Espíritu: el cristiano nace a la vida divina por
el Espíritu (Jn 3,5), en él «habita el Espíritu de Dios» (Rom 8,9), tiene al
«Espíritu que se une a nuestro espíritu» (Rom 8,16); pero, además, los
cristianos son guiados por el Espíritu: «En efecto, todos los que son
guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8,14); «Si sois
conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Gál 5,18). Resulta evidente
que se necesita una intensa atención al Espíritu para tener un discernimiento
cristiano.
— Añadimos un dato más: la presencia y la actuación del Espíritu suponen en el
cristiano una tensión interior. La tensión se da como resultado de dos polos de
fuerza contrarios; y el cristiano, que es testigo de que el hombre viejo le
acompaña (Col 3,9) y que es consciente de que está ungido por el Espíritu
(2
Cor 1,2 1-22), sabe muy bien la tensión que le supone la vida en el Espíritu,
como la describe san Pablo en Rom 8,lss. Si la presencia del Espíritu y la
tensión interior se corresponden, se entiende fácilmente que a más presencia
del Espíritu se experimente más la tensión interior.
Y,
consecuentemente, ante la experiencia de la propia tensión se impondrá la
necesidad del discernimiento y del discernimiento espiritual. Resulta claro que
donde no se viva con tensión, no se verá la razón del discernimiento.
d) La
razón práctica del discernimiento viene dada desde los mismos ámbitos donde se
practica.
Enumerarnos los momentos en los que se hace
necesario y se practica el discernimiento: en la opción vocacional
(discernimiento vocacional); en la estructuración de la persona cristiana; en
los momentos de crisis; en las nuevas llamadas; en el estilo de vida cristiana
que incluya el carácter comunitario (discernimiento comunitario); en la
respuesta a las nuevas etapas de la vida; en el momento de afrontar situaciones
adversas; etc. Esta es la razón del discernimiento: se necesita.
Garantías del discernimiento espiritual
Siempre se han dado reglas de discernimiento,
y ofrecemos las que consideramos más fundamentales para nuestro momento actual.
a) Los
frutos han sido siempre y también son hoy un criterio definitivo. Los
frutos del Espíritu son: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5,22); «pues el fruto de la
luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef 5,8-9). Por los
frutos los conoceréis (Mt 7,16).
b) La
confesión de «Jesús es el Señor». No podemos olvidar esta frase de san
Pablo: «Por eso os hago saber que nadie, hablando en el Espíritu de Dios, puede
decir: “iAnatema es Jesús!”; y nadie puede decir “Jesús es el Señor!” sino en
el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Está claro que quien se refiera a Jesús, como
el Señor, reconociéndole la divinidad y expresando su adhesión personal, está
bajo la acción del Espíritu.
c) La
unidad de comunión. Quien busca de verdad la unidad de comunión, actúa
desde el Espíritu. La unidad es palabra de Jesús y realidad querida por él (Jn
17,2 1-22), y es obra del Espíritu: «unidad del Espíritu» (Ef 4,3). Siguiendo a
san Pablo, vernos que la presencia del Espíritu lleva a la pluralidad
(1
Cor 12,4.12), y que la pluralidad vivida en el Espíritu exige la unidad, porque
el origen de los carismas es el mismo Espíritu (1 Cor 12,7-11) y la finalidad
es común a todos, la edificación de la Iglesia (Ef 4,12; 1 Cor 12,7).
d) La filiación, como vivencia siempre nueva
e integradora. Conocemos
ya cómo la filiación es el dato que transforma más radicalmente al cristiano, y
cómo en ella está presente el Espíritu (Gál 4,6; Rom 8,15). Esta nueva
posición de hijo ante Dios Padre, de hermano con todos los hombres y de persona
libre en relación con el mundo entraña necesariamente un nuevo planteamiento de
vida con su correspondiente comportamiento; y esta nueva vida será posible en
el Espíritu (Rom 8,14).
e) La
fraternidad sentida y comprometedora. También sabemos que la fraternidad
parte de la filiación, que se acoge en gratuidad y compromete radicalmente. No
cabe duda de que en nuestra vida lo que lleva el sello de fraternidad es del
Espíritu (Ef 4,1-4).
f) La
pertenencia eclesial. Pensamos que quien en el momento actual cree en la
Iglesia y la ama, y es definido en ella y por ella, vive bajo el Espíritu. Esta
posición ha necesitado pasar de una visión meramente sociológica de la Iglesia
a valorarla y vivenciarla como Misterio, Comunión y Misión en relación con la
Trinidad. La pertenencia amorosamente consciente a la Iglesia y comprometida
con ella me habla de presencia del Espíritu.
g) La
fuerza en medio de la pobreza-pobre, en la debilidad. Esta frase: «Pero él
me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la
flaqueza”» (2 Cor 12,9), no tiene vuelta en san Pablo; la vive y la proclarna
repetidas veces en su verdad radical:
«Pero llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca que una fuerza
tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Cor 4,7); «Por tanto, con
sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en
mí la fuerza de Cristo [...j pues cuando estoy débil, entonces es cuando
soy fuerte» (2 Cor 12,9-10). Pero nosotros sí que podemos dar vuelta a todo,
hasta dar poder a la pobreza. La debilidad real, la pobreza-pobre, es la que no
tiene vuelta; y cuando hay fuerza en ella, es del Espíritu.
4. Principales reglas del discernimiento
Sobre todo cuando el mal espíritu se viste de ángel de luz conviene aplicar las
siguientes reglas:
a) La Sagrada
Escritura interpretada por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia
constituye la norma suprema de actuación y el más sólido punto de referencia.
b) El árbol se
conoce por sus frutos. No puede un árbol bueno dar frutos malos y viceversa.
¿Cuáles son los frutos que te produce el pensamiento, el sentimiento o el acto
por discernir?
c) Analiza el
origen, el desarrollo y el fin de tus pensamientos y sentimientos. Si vienen
del buen espíritu tiene que ser bueno el origen, bueno el desarrollo y bueno el
fin.
d) Observa la
forma (el tono) con que es tocada el alma: suave o violenta.
Siempre es de gran ayuda hablar con alguien experimentado
a manera de consulta o contraste. Aquí se sitúa la dirección espiritual o el acompañamiento.